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En la antigüedad clásica, y especialmente en Grecia, el ÁGORA, era la plaza pública en la que los hombres se reunían para discutir sobre asuntos relevantes para la comunidad. Aquí, los ciudadanos vivían y ejercían la libertad expresando sus creencias e ideales, siempre en pro del bien común. Esta primitiva función evolucionará y el ÁGORA se convertirá en el centro de la vida pública, así pasará de ser el lugar de reunión y, sin perder esta, ser centro de comercio, de relación entre las personas, lo cual hará que el recinto vaya creciendo. Llegará a tener tanta importancia que ninguna polis se comprende sin ÁGORA. El ÁGORA griega será sustituida por el foro romano, y así sucesivamente, en las distintas culturas existirá ese lugar de reunión.
Pero, a fin de cuentas, lo que nos importa es ese sentido original del ÁGORA, como el lugar de reunión en el que todos podían expresar libremente sus pensamientos. Por desgracia, el sentido primigenio de las palabras se está perdiendo en unos casos, y en otros se está tergiversando. Así, conceptos tan familiares para nosotros como libertad, caridad o amor, los hemos desvirtuado; cuanto más aquellos que no son de uso común.
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